La otra cara de la historia: La experiencia de convivir con la comunidad Guarpe – Parte III

0
51

En esta sección, “Relatos Andantes”, compartimos la vivencia de Julián. Un zarateño que recorre el país en busca de historias autóctonas que no están escritos en libros o en los casos donde aparecen figuran cambiadas a la realidad propia. En esta segunda parte continuamos conociendo su vivencia con la comunidad Guarpe. 

LEÉ LA PRIMERA PARTE DE LA HISTORIA-Click acá

LEÉ LA SEGUNDA PARTE DE LA HISTORIA-Click acá

El día esperado mostraba sus primeros rayos de sol. Pachayk se encontraba en los corrales y su madre desayunaba tranquila en el comedor de la casa. El silencio del lugar se hermanaba con el celeste cielo y yo acarreaba algunas ramas secas de algarrobo para encender el fuego de la cocina de adobe.

Durante la mañana y parte de la tarde, solo los tres estábamos allí. Antes del atardecer, la realidad del lugar sería otra, sin dudas, con la llegada de los invitados. Mis pensamientos rondaban en torno a la proximidad de la ceremonia. Me preguntaba si la misma sería parecida a las descripciones que mostraban algunos libros que había leído en mi niñez y adolescencia.

Uno de los datos más curiosos es que Pachayk, había adelantado que los elementos se sincronizarían a favor de lo que estaba por llegar. Llamativamente, durante la madrugada anterior un fuerte viento había soplado sobre todo el sector, limpiando el cielo de nubes oscuras que, de haberse mantenido, con seguridad no nos hubieran permitido ver la luna. “El aire se llevó el ciclo finalizado al que denominamos el ciclo ancestral jóvenes tierra”.

Tal como lo había hecho durante mi convivencia con los Diaguitas Calchaquíes en Salta, observaba la posición del sol para ubicarme en el tiempo. Eran aproximadamente las cinco de la tarde cuando los primeros miembros de la comunidad comenzaron a llegar. Al notar mi presencia foránea, se acercaban de a uno para presentarse. Pido disculpas por mi falta de memoria al tratar de recordar sus nombres originarios.

Más tarde, caminamos los cerca de dos kilómetros que nos separaban del río seco. El camino se mostraba igualmente de arena y montoso. Mis pies se veían lastimados, pues no estaba acostumbrado a caminar sobre espinas.

Las fogatas fueron encendidas por las mujeres, únicas encargadas de manipular el fuego, mientras que los hombres, lo hacen con el agua. En total eran seis los focos, la misma cantidad de pozos de agua.

La vestimenta originaria de Pachayk se lucía en aquella noche que llegaba de a poco. Su cabello gris se movía al ritmo de la suave brisa. Parte de su cuerpo estaba cubierto por su particular “soychu” (especie de poncho que llega hasta debajo de las rodillas) de color marrón casi crema y rayas más oscuras y verticales. Su calzado de cuero combinaba con todo lo demás. Con su mano izquierda, sostenía un báculo de dos metros aproximadamente, formando la cabeza de una serpiente en la parte superior. De su cuello colgaban varios collares con piedras cristalizadas.   No había plumas en su cabeza y su rostro no estaba pintado. Otra contradicción con la historia que nos han contado.

Las familias acompañaban en silencio. También en círculo hacían gala de su vestimenta también impecable, cubiertas por los ponchos de variados colores. Sin dudas, la prenda representa a la comunidad, significando la protección, el equilibrio y la guía en la vida de cada uno y una, sin importar la edad.

Hacia el oeste, el sol comenzaba a esconderse entre las verdes ramas y, hacia el este, la luna llena aparecía solemne y brillante. Fue en ese instante en que el Omta comenzó a tocar el temte (especie de tambor de mano), cuyo sonido resonaba en la espesura.

Pachayk, tras finalizar la pieza musical que incluyó una canción dedicada a la luna (fue interpretada en su lengua y en castellano), dirigió sus primeras palabras, haciendo hincapié en las heridas causadas a nuestra madre tierra, en la importancia de unirnos como familia y el cuidado que debemos brindar a nuestras futuras generaciones, “guardianes y guardianas de la luz”.

La etapa a la que se denomina consagración y sanación, consistió en cruzar ambos portales de troncos y junquillo que representan al sol y a la luna, para luego caminar e introducir nuestros pies en los recipientes de agua, acompañados por palabras en Guarpe que no logré entender, aunque tenía la sensación de no necesitarlo.

Yo observaba también en silencio, creyendo en ese momento que participaba desde afuera, como un desconocido que por “casualidad” había llegado hasta allí. Sin embargo, la realidad era diferente. Una vez más insisto en que no me es sencillo encontrar palabras para describir aquel suceso que me estremeció y sigue haciéndolo con solo recordarlo. ¿Cómo explicar que Pachayk miraba hacia otro lado, pero su mirada estaba clavada en mí? Sus ojos ya no se veían marrones. Su color había pasado al negro y la profundidad de los mismos era más intensa. Sus palabras me identificaban en todo, pero al reaccionar, él estaba en silencio.

Fue entonces cuando el humo de una rama carbonizada me envolvió, penetrando mi nariz con un fuerte aroma. Un extraño sentimiento comenzó a manifestarse y que, por más esfuerzo que hacía para evitarlo, me introducía más en aquella magia como si fuera el único destinatario de los hechos que no dejaban de registrarse. Por momentos, ganas de reír felizmente y, por otros, angustia de ser parte de la destrucción de nuestra tierra.

Por mi cabeza, mientras continuaban resonando las palabras dichas desde el silencio por el Omta, comenzaba a percibir algo distinto a la conciencia que arrastramos en las grandes ciudades. Sentía, y estaba seguro de ello, que aún tenemos el poder de cambiar todo aquello que nos afecta en lo personal y comunitario.

Antes de la finalización de aquel rito, los presentes caminamos en fila hacia la cima de una loma y luego de cruzar la raíz de un gran árbol seco, comenzamos el descenso hacia el punto de partida.

Todo terminó bien entrada la noche. El fuego comenzó a extinguirse. Algunas aves nocturnas cantaban a lo lejos. Todas las estrellas se mostraban ante la luz de la gran luna que se ubicaba en el centro del cielo. Yo me mantenía en silencio, aún impactado por lo vivido. Los demás ayudaban a juntar cada elemento para trasladarlo a la casa madre, donde momentos luego se compartirían los alimentos.

En mayo de este año, se realizará una nueva ceremonia en la que se iniciará la etapa del fuego. Momento en que seguramente regresaré a fin de continuar experimentando la magia Guarpe que sigue latiendo en las venas de nuestra tierra. La magia que desmiente las versiones de algunas letras tramposas que describieron a nuestras comunidades originarias como brutas, desorganizadas y creyentes en dioses sin sentido. Nada más contrario a la realidad que cualquiera puede comprobar.

Hoy, tan solo puedo decir que aquellas personas de simpleza inimaginable y abiertamente misteriosas son parte de la gran familia que el destino me brindó a lo largo de nueve años de viajes incansables y llenos de sabiduría que espera para quien tome la decisión de encontrarla.

Hasta la próxima historia

¡Gracias!

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí