Hay algo en las historias mínimas —esas que uno cree insignificantes— que, bien miradas, contienen una verdad más incómoda que cualquier discurso grandilocuente. Lo que voy a contarte ocurrió un domingo por la noche y, no te exagero si te digo que me dejó una inquietud difícil de disipar.
Como bien dije: domingo, cerca de las 9 de la noche, tomé un Didí para volver a casa. La conductora era una mujer joven, Claudia. Me pasó a buscar en un Fiat Uno antiguo, de esos que parecen haber sobrevivido a varias crisis sin perder la dignidad. El auto estaba impecable, con esa pulcritud casi obstinada que mi padre habría definido, sin dudar, como “coche de maestra”. No voy a profundizar en este aspecto, pero mi padre sólo compraba autos de maestras, porque decía que solo lo usaban de la escuela a la casa.
Avanzamos apenas dos cuadras cuando ella, segura de encontrar respuesta, abrió la conversación:
—Está tranquilo el domingo…
Asentí, pero enseguida añadí, con mucha curiosidad, porque la charla en el remis es mi gran termómetro social:
—Sí, aunque hay bastante movimiento en la aplicación, ¿no? Se ven más autos conectados que antes.
—Sí —respondió—. Igual ayer, con los “premios”, hice una diferencia.
La palabra me resultó extraña en ese contexto.
—¿Premios, de la app?
Entonces empezó a explicarme, con una naturalidad que contrastaba con lo que estaba describiendo, un sistema de incentivos que daba la empresa: sumas de dinero —cuatro mil, cinco mil, ocho mil pesos— otorgadas si cumplía cierta cantidad de viajes en un tiempo determinado. Y otro adicional si encadenaba varios viajes sin interrupción.
— Si meto 4 seguidos, te dan un premio de 8mil, pero depende de la demanda que haya… no siempre pasa.
—Ah, qué bueno —dije, aunque ya empezaba a intuir el reverso de esa lógica—. Claro, pero eso implica no parar nunca…
— Y si… claro.
Fue en ese momento cuando lo escuché por primera vez: un sonido breve, insistente, metálico. Un “ding diring ding” que, por su cadencia, evocaba con inquietante precisión el tintinear de las maquinas en un bingo. No era un detalle menor; era, en realidad, el núcleo de todo.
—Te entran viajes antes de que termines el que estás haciendo —continuó excusándose por el timbre insistente—. Es un poco molesto, te distrae mientras manejás, pero si no los aceptás, te baja el nivel de aceptación y te penaliza. Pero a veces necesito parar… ir al baño, comprar agua… y eso también me baja el ranking.
Sentí cómo la conversación empezaba a adquirir un peso inesperado. Ya no era un intercambio casual entre pasajero y conductora: era el retrato, casi clínico, de una forma de trabajo que se presentaba como libertad y operaba como otra cosa.
—Que esclavitud!! —dije, sin filtro—. Al final, es peor que tener un jefe encima.
El sonido volvió a interrumpirnos. Más urgente ahora, más cercano a la coerción que a la simple notificación de una app.
—Y pensar —agregué— que muchos eligieron esto porque querían ser sus propios jefes, manejar sus horarios…
Ella soltó una pequeña risa, seca.
—Para nada. Hay días que estoy doce horas sin bajar del auto y cuando acepto el último viaje, intento que sea cerca de casa, para obligarme a cortar.
El “ding” seguía ahí, cada vez más frecuente, como si la aplicación percibiera que el viaje estaba por terminar y necesitara retenerla un poco más dentro de su circuito. Había en ese sonido algo casi hipnótico, una llamada constante que no admitía que se produjeran distracciones entre el conductor y el pasajero.
—Es adictivo —le dije—. Ese ruido te mantiene pegada al teléfono todo el día.
—Sí —respondió, simplemente.
Y en ese “sí”, breve, sin énfasis, había más verdad que en toda la conversación.
Había, en ese sonido, algo más. No era un aviso neutro, funcional, como en un mensaje. Era otra cosa: un estímulo diseñado, calibrado con precisión, casi diría con astucia, para provocar una reacción inmediata. Aceptar otro viaje. Seguir trabajando. Uno más. Otro premio. Si acepto este, seguro tengo una recompensa. Y seguro sale uno que me deje cerca de casa.
Mientras la escuchaba, no pude evitar pensar en el bingo, sin ventanas, donde el tiempo se diluye y la voluntad se vuelve permeable. En el brillo artificial, en la repetición mecánica de esos gestos, en la promesa siempre inminente de una recompensa que nunca termina de saciar. Porque el sistema que Claudia describía —sin saberlo— no era muy distinto. Cambiaban los nombres, cambiaban las pantallas, pero la lógica era inquietantemente similar.
El “premio” no era un salario. Era otra cosa. Tenía la forma —y el efecto— de un refuerzo intermitente, ese mecanismo que los psicólogos conductistas estudian con fascinación: no recompensar siempre, sino hacerlo de manera imprevisible, dosificar la gratificación para que el deseo no se extinga y para que siempre sea insuficiente. Así, cada viaje aceptado no era solo trabajo; era también la expectativa del siguiente estímulo, del próximo “ding diring ding”, de esa posibilidad —siempre latente y siempre expectante— de ganar un poco más.
Y entonces el sonido volvía. Casi desesperado. De reojo mire la pantalla de su teléfono, en grande $6.500 y debajo ACEPTAR.
No era casual. Tenía la brevedad justa, la frecuencia adecuada, el tono metálico que atraviesa el ruido ambiente sin esfuerzo. Como las maquinitas del bingo. Como las notificaciones de los casinos online. Diseñado —una sospecha— para activar algo más profundo que la mera atención: una pequeña descarga de anticipación, casi de placer, que empuja a la acción antes de que intervenga la reflexión.
Claudia no lo decía en esos términos, claro. Lo decía de un modo más sencillo, más directo:
—Si no aceptás, te penaliza.
Pero en esa frase, tan desnuda, se condensaba toda la arquitectura del sistema: recompensa si obedecés, castigo si te detenés.
La ludopatía ya no necesita fichas ni ruletas. Ha aprendido a disfrazarse de trabajo, de oportunidad, incluso de autonomía. Ya no se presenta como un exceso, sino como una rutina. Y lo más inquietante no es que exista, sino que funcione con la eficacia silenciosa de lo que no se cuestiona.
El auto avanzaba, pero la sensación era otra: la de estar dentro de un circuito cerrado, donde cada decisión parecía libre pero, en el fondo, ya estaba condicionada. Donde parar —algo tan elemental como detenerse a tomar agua— se volvía una anomalía, casi una falta.
El “ding” sonó otra vez, esta vez para confirmar que Silvina había aceptado.












