Por Lic. Nicolás Milanesi, Sociólogo (UBA)
Ante la crítica de los sindicatos docentes, circula el anteproyecto de Ley de Libertad
Educativa que impulsa el Gobierno Nacional. El mismo debe pasar por el Poder Legislativo
para derogar y reemplazar por completo la actual Ley de Educación Nacional 26.206.
Bajo el slogan de dar mayor “autonomía” a las escuelas y optimizar el financiamiento
mediante vouchers (con estos últimos, se estaría implementando un mecanismo de libre
competencia entre escuelas públicas y privadas), lo que realmente se observa es un Estado
en retirada, que incluso permite trayectorias educativas completas virtuales: los chicos en
sus casas.
¿Qué pierde la pedagogía cuando le quitamos la presencialidad? Su rol socializador:
obtendremos el sueño liberal… individuos aislados.
¿Todas las familias están en igualdad de condiciones para garantizar la educación de sus
hijos? Sociológicamente sabemos todos que no. Según la Encuesta Permanente de
Hogares (EPH) que realiza el INDEC, el ingreso de una familia de altos recursos fue 15
veces superior con respecto al de una de bajos recursos en el primer trimestre de este año.
A veces la escuela, con todas sus falencias y su decadencia sostenida en la historia
reciente que tiene su hito en el traspaso de responsabilidades a las provincias en los ’90, la
pauperización de las condiciones de vida y laborales de los docentes y la posterior quita de
un sistema de “premios y castigos” a los alumnos por su rendimiento, sigue siendo el único
lugar donde los hijos de los sectores más excluidos de la sociedad pueden ordenar su rutina diaria, tener ejemplos de lo que es el esfuerzo, el conocimiento, la socialización con
personas distintas.
La llamada “Libertad” educativa es uno de los ejemplos más tangibles de un Estado que se
sigue retirando; abriendo paso al rol socializador de la delincuencia, “la esquina”, “la junta”,
la rutina diaria disfuncional de las familias históricamente castigadas. Cuando el Estado no
se mete en la vida de los individuos ese lugar queda vacante y lo pueden ocupar fácilmente
patrones de socialización delictivos. Así, aquellos que tengan recursos podrán seguir
socializando a sus hijos con sus iguales. Para el resto, abandono.











