Bajo sospecha: el poder, los silencios y la banda

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Hay noticias que se redactan. Y hay otras que se mastican con bronca, incredulidad y una sensación incómoda: la de descubrir que la realidad siempre logra superar cualquier editorial escrita con anticipación.

Lo ocurrido ayer en Villa Angus no fue solamente un operativo policial. Fue una radiografía brutal del relato oficial de la seguridad en Zárate. Una de esas escenas donde, cuando se corre apenas el decorado, aparece todo lo que durante años intentaron esconder detrás de conferencias de prensa, estadísticas acomodadas y posteos épicos en redes sociales.

La secuencia parece escrita por un guionista con demasiado sentido del humor negro: una banda buscada por delitos cometidos en San Pedro, un tiroteo en Zárate, detenidos, allanamientos, tensión… y en medio de todo eso, casi como quien encuentra las llaves perdidas abajo del sillón, aparece uno de los implicados en el asesinato del oficial de prefectura Nicolás Cañete.

Pero el remate político estaba guardado para el final.

Entre los detenidos, el hijo del subsecretario de Seguridad de Zárate.

Sí. El hijo del funcionario encargado —precisamente— de colaborar en garantizar la seguridad de los vecinos.

Y entonces todas las preguntas empezaron a caer juntas, una arriba de la otra, como piezas de dominó.

Porque acá ya no alcanza con decir “la Justicia investigará”. Eso será parte del proceso judicial. Pero políticamente el problema ya explotó. Y explotó en la cara de un gobierno municipal que durante años construyó un discurso donde la inseguridad siempre venía “de afuera”. Siempre era culpa de otro. De la Provincia. De Berni. De Propato. De las políticas ajenas. Como si el delito fuese una especie de Uber criminal que entraba a Zárate solamente de visita.

Sin embargo, resulta que la banda no solo se movía con comodidad por la ciudad. Vivía acá. Se refugiaba acá. Operaba desde acá. Y aparentemente se sentía bastante tranquila haciéndolo.

Porque una cosa es que delincuentes pasen por una ciudad. Otra muy distinta es que encuentren en ella un territorio seguro para esconderse.

Ahí es donde el relato empieza a hacer agua.

Y no un poquito. Hace agua como caño roto en plena avenida.

En Deltacom accedimos a la información cuando todavía muchos estaban desesperados intentando administrar daños. Primero vinieron los silencios. Después las llamadas nerviosas. Después los intentos de “esperar confirmaciones”. Traducción al castellano político: “veamos si esto se puede tapar”.

Pero no se pudo.

Porque cuando la realidad explota, el marketing municipal no alcanza.

Y hay algo todavía más grave: el COZ no solamente parece haber desarrollado una habilidad preocupante para manipular el relato de los hechos de inseguridad. También parece molestarse profundamente con quienes defendemos el derecho de los vecinos a estar informados.

Porque cada vez que un medio publica algo que incomoda al poder, rápidamente aparecen las operaciones, los enojos, los llamados y el intento permanente de disciplinar a quienes todavía creen que el periodismo no debe limitarse a copiar y pegar gacetillas oficiales.

Y ahí también hay que decir una verdad incómoda.

La enorme mayoría de los medios eligió el camino cómodo: compartir comunicados armados, repetir títulos prolijos y actuar más como oficinas de prensa paralelas que como periodistas. Investigar, preguntar y contar lo que realmente pasa implica costos. Y no todos están dispuestos a pagarlos.

Por eso ayer quedó tan expuesto el contraste entre quienes intentaban construir un relato heroico donde el COZ aparecía casi como protagonista de una gran desarticulación criminal, y quienes nos preguntábamos algo mucho más básico:

¿Cómo puede ser que una banda vinculada a delitos gravísimos encontrara refugio, comodidad y logística en Zárate?

Porque una cosa es sacarse fotos al lado de patrulleros. Y otra muy distinta es explicar cómo los delincuentes parecían moverse con una tranquilidad difícil de entender.

Y entonces apareció el intendente diciendo que desconocía el prontuario delictivo del hijo de su subsecretario.

Una frase que abre dos escenarios. Y ambos son gravísimos.

O el intendente realmente no sabía. Lo cual demostraría un nivel de desconexión alarmante con su propia estructura de seguridad.

O sí sabía y eligió mirar para otro lado. Lo cual sería todavía peor.

No hay tercera opción cómoda.

Pero además apareció otra explicación oficial, todavía más increíble: tanto el Secretario de Seguridad como el intendente aseguran que Alejandro Ferreyra no tendría vínculo con su hijo desde hace dos años.

Curiosa coincidencia temporal.

Dos años. Exactamente el tiempo que lleva la actual gestión municipal.

Una casualidad tan precisa que parece redactada por un asesor de imagen en estado de desesperación.

Sin embargo, mientras desde el poder intentaban instalar esa versión, este medio recibió información que señala que Ferreyra habría asistido a su hijo con alimentos mientras permanecía escondido en la zona de islas, prófugo de la justicia.

Y entonces la pregunta deja de ser política para transformarse directamente en moral.

Porque si eso se confirma, ya no estaríamos hablando solamente de un vínculo familiar distante ni de un padre “sin relación” con su hijo.

Estaríamos hablando de otra cosa mucho más delicada.

Por eso el nerviosismo oficial no sorprende.

Porque el verdadero escándalo no es únicamente el parentesco.

El verdadero escándalo es que durante años intentaron instalar la idea de que quienes advertían sobre el crecimiento de la inseguridad exageraban, hacían política o “ensuciaban la ciudad”.

Hoy la ciudad está sucia de preguntas.

Preguntas que no se tapan con comunicados tibios ni con funcionarios leyendo textos incómodos frente a una cámara.

Si Ferreyra sabía de la situación judicial de su hijo, ¿Por qué no renuncia a su cargo antes?

Si Iglesias sabía, ¿Por qué no hizo nada antes? ¿Eligieron mentirle al intendente? 

¿Quién sabía qué?

¿Desde cuándo?

¿Qué controles existían?

¿Quién decidió callar?

¿Quién protegía a quién?

¿Y cuántas veces más intentaron construir un relato para esconder una realidad mucho más oscura?

Porque la inseguridad, al final, no vino de afuera.

Estaba bastante más cerca del despacho de lo que muchos imaginaban.

 

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