“25 de Mayo: una visión” por Juan Novelli

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Por Juan Ignacio Novelli – Jefe de Gabinete de la Municipalidad de Zárate

El 25 de mayo de 1810 acepta multiplicidad de visiones, como es lógico a un hecho que reúne todas las características del “hito fundacional”, con todo lo real y convenientemente añadido que ello supone. Es manifiesto que lo acontecido en Buenos Aires hace 200 años, es de angular significación para el proceso de independencia, aun sabiendo que la emancipación no fue un objetivo de partida, sino un lugar de aterrizaje.

Junto a esta certeza, 1810 puede abordarse desde la perspectiva de ser el punta pie inicial de un drama nacional, que jamás se saldó con una síntesis superadora, pudiendo tomarse como el fundamento embrionario de la guerra que enfrento a Buenos Aires con las ciudades del interior, contienda donde afloro indisimuladamente, el desprecio de la ilustración porteña y sus asociados respecto del “ignorante y bárbaro” mundo de tierras adentro.

La fractura que originó la conformación de la Junta Grande a finales de 1810, es fiel y germinal prenda de ello. El mayo revolucionario es el preliminar brote del desdén del poder económico del puerto y la ganadería por el pueblo llano, embebidos los primeros, en una mentalidad de exclusión que transito los tiempos hasta la actualidad, y sustento el espanto que ayer sintieron cuando Pancho Ramírez ato su caballo en la reja de la pirámide de plaza de mayo, que hace siete décadas temblaran de pavura ante los “cabecitas” y “descamisados”, y recientemente frente a piqueteros y asambleístas populares.

A partir de 1810 el interior se convirtió en el “otro”, un espejo donde Buenos Aires y sus intereses jamás se reflejaron. La revolución fue un suceso eminentemente porteño, favorecido por la coyuntura de una Metrópolis invadida, y sostenida desde aquí, por tropas propias bajo mandos criollos, heredados de las invasiones de 1806 y 1807.Inmediatamente constituida la Primera Junta, comenzó la guerra al interior, disimulada en principio por las campañas de la independencia, y que exploto sin atenuantes en 1820, extendiéndose el estado de beligerancia hasta la curiosa batalla de Pavón, cuando el interior fue condenado irreversiblemente a un desarrollo asimétrico, postergación que ya se vislumbraba a poco de la desestructuración del virreinato.

Los días de mayo no despertaron en el interior adhesiones inmediatas, ni unánimes, la región de Cuyo titubeo, el norte se dividió en crisis, Paraguay, Alto Perú y Córdoba se opusieron, acudiendo los ejércitos porteños más a invadir para imponer la revolución del puerto a fuerza de sangre, fuego y fusilamientos, que a sostener gestas rupturistas, cuyo último y tardío episodio tal vez haya sido la decapitación del Chacho varias décadas después.

Otro hecho de cardinal importancia y que permitía conjeturar el porvenir, es el rol que Buenos Aires le asignaba al resto de las ciudades en el marco revolucionario, y en la posterior edificación del nuevo estado que surgiera. Este fluctuaba entre posturas que deseaban un sumiso consentimiento legitimador, erigiendo a la ex capital virreinal en “vanguardia revolucionaria”, y otros que le reservaban una participación en apariencia más activa, pero siempre como concesión graciosa, y pendiente de los humores que indicaran los intereses de la elite encumbrada en 1810.

A rasgos groseros, el interior pretendía establecer un modelo que lo hiciera participe de los beneficios del puerto y protegiera su industria tradicional. Por su parte, Buenos Aires, aspiraba a consolidar sus privilegios, reduciendo al interior a su hinterland. Fue una lucha por la distribución de la renta, la organización del espacio económico, y el establecimiento de un marco político que lo bendijera.

Otros países han padecido profundas tesis y antítesis, pero lograron consustanciar una sinopsis trascendente que les consintió proyectos nacionales inclusivos. El desprecio hacia el otro como parte constitutiva de las elites y del inconsciente colectivo que atemoriza a la clase media, donde las diferencias se consagran como disvalor, ha entorpeciendo la labor de apuntalar naciones con una identidad real aun en lo divergente, y considerando parte a incluir lo diverso, penosa realidad de gran parte de Latinoamérica, que ante excepciones que trataban de romper la vil inercia, acudieron metódicamente a golpes cívico militares.

Nuestro país coagulo luego de extensa lucha, en la que los contendientes declamaban la aniquilación del oponente, luctuosa intensión que también peregrino los tiempos de nuestra historia hasta el decreto 261 del año 1975 y siguientes emparentados, con los resultados nefastos y horrorosos conocidos.

Luego de Pavón no hubo síntesis, logramos rasgos de argentinidad que nos singularizan, pero poseemos una identidad nacional vacante o en elemental etapa de construcción. Vivimos en un marco donde los derrotados aun padecen la indiferencia, algunas de cuyas causas inaugurales pueden rastrearse hasta 1810. Desde una revolución porteña convertida en nacional, seguida de una invasión que se extendió añares y acicateo el menosprecio hacia el provincianismo, que entre otras secuelas arrojo un interior que sigue hoy siendo tierra derrotada y de emigrantes, esto último, mucho antes de los mediados del siglo XX, como bien lo certifican los primeros censos realizados en el siglo XVIII.

El origen de las desigualdades regionales, el desaire por lo popular y hasta lo originario, la desconsideración por las necesidades de los no sentidos como pares, así como los pilares lejanos pero innegables del pánico que genero el reconocimiento como objeto de derechos a la masa popular a mediados de 1940, al igual que los deplorables sucesos de 1955/56 y su maniqueísmo posterior, que imposibilito reconciliación alguna, así como el horror de los setenta, y el enraizamiento del temor de las elites y clase media respecto al pueblo raso, del que ofrecen testimonio literario las memorias del General Paz y “Amalia” de Mármol, Jorge L. Borges y Félix Luna, y hasta el temprano Cortázar de “ Las puertas del cielo”, también cumplen 200 años. Estas consideraciones en nada pretenden devaluar la conmemoración que como hito fundacional merece la fecha, sus paraguas, las escarapelas de French y Berutti, y el grito de algunos vecinos queriendo saber de qué se trataba.

Nota del autor: Con la palabra provincia en la antigua Roma, se nombraba a las tierras obtenidas en dominio por victoria militar. Sin titubeos de mi parte, un purismo etimológico de nuestra Argentina.

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