La reciente comunicación oficial de la Secretaría de Seguridad de Zárate, titulada “Rápida respuesta tecnológica del COZ: se aprehendió a delincuente que baleó a prefecturiano”, vuelve a instalar una narrativa que merece ser analizada con mayor profundidad. No por el hecho en sí —grave y preocupante— sino por el enfoque elegido para comunicarlo. En otro párrafo este mismo comunicado refiere textualmente que “Este resultado demuestra la importancia de invertir en tecnología, prevención y trabajo articulado para cuidar a nuestros vecinos“. ¿El resultado es que otro vecino sea víctima de la inseguridad?
El eje del mensaje está puesto en la “rápida respuesta” del Centro de Operaciones Zárate (COZ). Sin embargo, cabe una pregunta central que no puede soslayarse: ¿no es acaso la función primaria de un sistema de monitoreo y prevención evitar que estos hechos ocurran? La tecnología aplicada a la seguridad urbana no debería medirse únicamente por su capacidad de reacción, sino —fundamentalmente— por su eficacia preventiva.
Cuando un hecho de esta magnitud sucede, la discusión no puede limitarse a celebrar la posterior detención del agresor. Es necesario abrir un debate más incómodo pero imprescindible: ¿qué falló en la prevención? ¿Dónde estuvo el sistema antes del disparo?
A esto se suma un problema estructural en la gestión de la información. Desde hace tiempo, distintos medios locales vienen señalando las dificultades para acceder a datos oficiales sobre hechos de inseguridad. Existe una política comunicacional que parece orientada a restringir la circulación de información, bajo la premisa de que menos noticias implican menor “sensación de inseguridad”. La evidencia indica lo contrario: el silencio institucional no tranquiliza, sino que genera desconfianza.
Los vecinos de Zárate no construyen su percepción de seguridad únicamente a partir de los medios. La construyen en la calle, en la experiencia cotidiana, en los relatos directos. Y cuando esa experiencia se contrapone con un discurso oficial que enfatiza logros aislados y omite el contexto general, la brecha entre relato y realidad se vuelve evidente.
En ese marco, resulta difícil ignorar los datos que hablan de un incremento cercano al 20% en los hechos de inseguridad en la ciudad. ¿No es ese número, por sí solo, una señal de alarma suficiente? ¿O también será interpretado como una “sensación”?
La comunicación pública en materia de seguridad exige responsabilidad, transparencia y coherencia. No se trata de alarmar innecesariamente, pero tampoco de maquillar la realidad. Se trata de informar con rigor, de reconocer problemas y de explicar qué se está haciendo para resolverlos.
Finalmente, hay un aspecto que no es menor: la empatía territorial. La seguridad no se gestiona desde la distancia ni se comprende plenamente sin habitar el territorio. Las decisiones, los diagnósticos y la comunicación deben estar anclados en la realidad concreta de los vecinos. De lo contrario, el riesgo es caer en diagnósticos desfasados y respuestas que no logran abordar el problema de fondo.
El COZ puede —y debe— ser una herramienta clave en la seguridad local. Pero su evaluación no puede reducirse a la reacción posterior a un delito consumado. La verdadera vara es la prevención efectiva. Y en ese terreno, todavía hay preguntas que esperan respuestas.
Y en ese contexto, la pregunta es directa y sin eufemismos: ¿se siente seguro en Zárate?











