Relatos Andantes: “La otra cara de la historia: la experiencia de convivir con la comunidad Guarpe”

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“RELATOS ANDANTES”:

La otra cara de la historia: la experiencia de convivir con la comunidad Guarpe

Mi nombre es Julián, soy oriundo de la ciudad de Zárate, norte de la provincia de Buenos Aires. En 2017 tomé la decisión de emprender un viaje hacia sitios desconocidos para mí hasta ese momento. Desde aquel instante, el sendero de la vida me llevó a recorrer más de 137 lugares, entre pueblos, caseríos y parajes.

Por alguna razón que excede a la mente, el destino me guió hacia la otra cara de nuestra historia que en muchas ocasiones no coincide con lo narrado en algunos libros.

Puntos de Córdoba, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Jujuy, Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Santiago del Estero, San Luis, San Juan, Mendoza, entre otros, no hicieron otra cosa que encontrarme con realidades muy diferentes a las que experimentamos en las grandes ciudades. Guardianes de grandes misterios se cruzaron en el camino de la selva, de desiertos, cerros, montañas, bosques, ríos, montes y mares.

Guardianes que, a la espera de quien busca conocimiento, dejan sus puertas abiertas para contar su versión de los hechos, dejándome siempre con la misma duda: ¿Cómo lograr contar con palabras lo que está más allá de las mismas? No obstante, lo intento en cada artículo.

En esta oportunidad, trataré de narrar mi vivencia en las tierras cuyanas junto a una de las comunidades más antiguas de nuestra tierra. La cultura Guarpe, se presentaba como la oportunidad de investigar más acerca de lo desconocido en la actualidad. Una experiencia en la que sentí morir y renacer a otra conciencia. La conciencia de que aún la magia nativa sigue más viva que nunca.
Todo estaba preparado para llegar a aquel sitio en el que comprobaría la fuerza de la sangre originaria, la cual sigue tan viva como sucedía antes de la invasión europea a partir de 1492.

Meses antes de la invitación, había tenido la oportunidad de conocer a quien alcanzó la jerarquía de Omta en la cultura Guarpe.  El hombre llamado Pachayk (unión de la tierra) me contaría luego que dicho nivel en su comunidad significa: “hombre que se prepara para la muerte”. Luchador incansable en pos de mantener vivo el legado Guarpe, se presentó aquella tarde de invierno en la casa que yo ocupaba a pocos kilómetros de la ciudad de San Luis (capital). Un amigo en común nos había presentado, despertando en mí un gran interés por conocer aún más acerca de sus costumbres y ceremonias ancestrales. Tras una breve charla, me comprometí a llegar en algún momento a su asentamiento, ignorando en ese instante una de las experiencias espirituales más fuertes que excede a cualquier palabra para describirla con exactitud.

Como breve reseña de la cultura Guarpe, podría decir que hasta mediados del siglo XVI, se extendía en un amplio sector a los pies de la cordillera de los Andes, centrándose en los valles fértiles del Piedemonte precordillerano.  Estos valles recibían los nombres: Tuauma, Caria, Güentota o Cuyo y Uco/Jaurúa. Están determinados por los ríos actualmente denominados San Juan, Mendoza y Tunuyán.

De acuerdo a descripciones del jesuita español Alfonso de Ovalle, se veían delgados y altos, de piel muy oscura, y que corrían con gran velocidad y resistencia. Usaban el cabello largo adornado con plumas. Se pintaban el rostro en ocasiones de ceremonias con líquidos vegetales.

Meses después de la invitación, preparé el equipaje necesario para pasar algunos días junto a la comunidad Pynkanta. Partí de San Luis, recorriendo cerca de 200 kilómetros hasta llegar a un pueblo llamado Encón, ubicado en el sur de San Juan, casi en el límite con Mendoza, perteneciente al departamento Veinticinco de Mayo. En aquel lugar de trecientos diesiocho habitantes, ascendí a una combi blanca que, tras recorrer unos veinte kilómetros aproximadamente y en dirección a Mendoza, me dejaba en la casa madre de la comunidad.

En ese momento, para mí tan solo se trataba de una visita de pocos días en los que conocería su forma de vida. Me preguntaba si en algo coincidiría con mi vivencia junto a la comunidad Diaguita Calchaquí en las montañas de Salta en 2017, experiencia que cuento con detalles en mi libro “La última sonrisa”, próximo a publicarse.

Una vez en la entrada al predio, la unidad tomó un camino angosto de arena que serpenteaba custodiado por frondosos algarrobos y otros árboles nativos, entre ellos viejos chañares y jarilla. Un par de liebres pasaron frente a la combi a gran velocidad, mientras yo observaba el paisaje semidesértico.

El sol se inclinaba en dirección al oeste, donde se observan las altas montañas de la cordillera. Creo haber transitado unos cinco o seis kilómetros, cuando una vivienda de adobe y techo natural de junquillo aparecía a pocos metros. Una vez allí, observé dos extensos corrales en los que numerosas cabras berraneaban de manera constante. Del interior de la vivienda, el sonriente Pachayk salía a recibirme.

De estatura mediana, piel trigueña, delgado y cabellos grises y largos hasta la nuca, el hombre relucía sus rasgos nativos. Su mirada de ojos marrones y profundos, me trasmitieron algo especial. Quizá podría llamarlo seguridad, bienestar.
Se acercó a la combi y como lo hacen los grandes amigos, nos dimos un fuerte abrazo, para luego descargar mi equipaje e ingresar al interior de la casa.

Para hacerlo, debíamos pasar primero hacía un pequeño salón cuyas entradas están formadas por arcadas construidas con palos y junquillo. Representan portales que guardan celosamente la historia de quienes pasaron por allí.

Continuará.

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